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¿La desigualdad como límite del mercado?

Foto del escritor: Roberto J. Gallardo N.
Roberto J. Gallardo N.
hace 11 minutos
3 min de lectura

El mercado genera desigualdad. Diferencias de talento, esfuerzo, educación, productividad, propiedad y capacidad para asumir riesgos producen diferencias de ingresos y riqueza. Esto no constituye, por sí mismo, un problema. La dificultad aparece cuando esa desigualdad alcanza tal magnitud que altera la competencia y condiciona el funcionamiento mismo del mercado y de la democracia.


Los datos del World Inequality Report 2026 ilustran esas diferencias. El 10% más rico concentra el 74% de la riqueza mundial, mientras que la mitad más pobre posee apenas el 2%. El 1% superior concentra el 37%. Unas 56.000 personas, el 0,001% más rico, poseen más riqueza que los 2.800 millones de adultos que integran la mitad inferior de la población.

La concentración extrema de la riqueza genera desigualdades que van más allá de lo económico
La concentración extrema de la riqueza genera desigualdades que van más allá de lo económico

Este tipo de concentración extrema no es solamente un asunto distributivo. Quienes acumulan cientos de miles de millones, como los Musk, Bezos, Koch, Murdoch y Buffet, pueden financiar campañas, adquirir medios, influir sobre gobiernos y sostener equipos jurídicos y fiscales inaccesibles para la mayoría. La desigualdad económica se convierte así en desigualdad política y puede afectar la competencia, la deliberación pública y la capacidad de las instituciones para actuar con autonomía.


Pero además, la expansión del mercado ha significado en muchos casos que el Estado ha perdido capacidad para garantizar servicios, corregir desigualdades y asegurar oportunidades. No solo importa cómo distribuye el mercado, sino también cuántas herramientas conserva el Estado para moderar sus resultados. En una entrevista de la periodista Alicia Hernández para BBC News Mundo, la politóloga Yanina Welp identifica como denominador común de las recientes protestas europeas “la pérdida de capacidad del Estado de bienestar”. Señala que los jóvenes están entre los principales afectados y menciona, entre los detonantes, las dificultades de acceso a vivienda y educación.

La desesperanza de la juventud es un reto para el Estado
La desesperanza de la juventud es un reto para el Estado

Welp observa que hace cuatro décadas una familia trabajadora podía acceder a una hipoteca y comprar vivienda, mientras que hoy resulta mucho más difícil. A su juicio, ha cambiado la relación entre capital y trabajo y se ha expandido enormemente la desigualdad. El envejecimiento social y la menor influencia electoral juvenil profundizan, además, la brecha intergeneracional.


Ese debilitamiento del Estado tiene consecuencias concretas. Si la educación, la salud, la vivienda y la protección social dependen cada vez más de la capacidad individual de pago, las oportunidades dejan de estar determinadas solamente por el esfuerzo o el talento. La posición económica de origen adquiere un peso mayor. Al mismo tiempo, se erosiona la confianza en las instituciones y crece la distancia entre las demandas sociales y la capacidad —o la voluntad— del sistema político para responder.


Nada de esto obliga a concluir que debamos eliminar el mercado. Sus ventajas para coordinar decisiones, estimular la innovación, asignar recursos y generar crecimiento son importantes. Precisamente por eso conviene evitar tanto su idealización como su rechazo. La discusión debe ser honesta y objetiva, y pasa por reconocer sus beneficios, pero también sus costos, sus fallas y los efectos que produce cuando opera sin contrapesos adecuados.

Amplios sectores de la población no tiene posibilidades de incidir en el debate político como si lo hace un puñado de ultramillonarios
Amplios sectores de la población no tiene posibilidades de incidir en el debate político como si lo hace un puñado de ultramillonarios

La pregunta, entonces, no es cuánto mercado podemos sustituir por Estado, sino qué combinación de instituciones y reglas permite que el mercado funcione sin socavar las condiciones sociales y políticas que lo hacen viable. Políticas de competencia, regulación de monopolios, sistemas tributarios eficaces y progresivos, inversión en servicios públicos y una distribución más amplia de oportunidades son parte de esa conversación.


Preservar una economía de mercado exige reconocer que el mercado no se sostiene por sí solo. Necesita un Estado con capacidad regulatoria, fiscal y administrativa, con instituciones que impidan que la concentración económica se transforme en poder político, y mediante políticas públicas que eviten que el acceso a derechos básicos dependa exclusivamente del ingreso. El éxito del mercado no debería medirse únicamente por la riqueza que genera, sino también por la sociedad que contribuye a construir.

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